Llegint ahir el Diario de Mallorca em vaig divertir bastant amb l’article que va escriure la periodista Mercè Marrero. No tan sols perquè és molt estil Carrie Bradshaw a Sex and the city, sinó també perquè, tot i ser una mica trist en el fons, és força real. Pel que veig, i la gent comenta, es pot dir que només una de cada deu parelles és envejable (jo ara mateix en conec una només del meu entorn), en que predomina entre ells la complicitat, l’enteniment, l’amistat i l’amor, i que saps quasi del cert que el dia que decideixin formalitzar la seva relació serà per una cosa tan senzilla com que s’estimen. La resta són del grup que descriu la periodista a l’article, article que podeu llegir en aquest mateix post. Encara recordo, punt per punt, tots els motius que algunes parelles d’amics em donaren al seu moment per mirar de convènce’m (o al manco això era el que semblava) de per què passaven per l’altar. El que a ells els varen semblar motius comprensibles (motius que apareixen a l’article de Marrero i que conec de sobres), a mi em varen resultar bastant depriments. Molts, si els hi preguntés ara, negarien reiteradament que aquelles paraules sortissin dels seus propis llavis, i a alguns segurament fins i tot els molestaria la meva impertinència (ells sabran perquè). Però ja se sap, és més fàcil enganyar-se i creure el que no és que afrontar la realitat i això, pel que veig en moltes parelles del meu entorn, s’acaben pagant les conseqüències. De tots els que es varen casar fa un temps només una es manté i amb no pocs problemes. Parlo d’al·lots i al·lotes que sense passar els trenta-dos anys ja estan divorciats. Deu ser que avui en dia es tracta de tenir un llarg currículum sentimental perquè sinó no s’explica que una cosa que hauria de ser tan important com és casar-se, la gent s’ho prengui tant a la lleugera. Es que ahir em vaig assabentar d’un altre divorci i entre la notícia i l’article no podia deixar passar de fer aquest post, en el fons irònic i entretingut.
MERCÈ MARRERO Supongamos que tardamos cuatro minutos en leer este artículo. En este tiempo, segundo arriba segundo abajo, una pareja se ha divorciado. Imaginemos el percal. Durante nuestra lectura, Pepito y Pepita están quedando a las puertas del juzgado, o están haciendo la cola pertinente, o están siendo llamados por el oficial o, en menos de lo que canta un gallo, están rubricando su ´hasta luego, Lucas´. Uno de cada cinco de los matrimonios que deciden zanjar su relación con impresos y formularios se dio, hace menos de cinco años, el ´sí, quiero´. Y casi el treinta por ciento del total pasó por la vicaría hace más de veinte años. Podríamos decir, sin ánimo de ser tildados de pesimistas o agoreros, que la institución matrimonial está en crisis. O quizás sea el amor, como sentimiento, el que está pasando por un mal momento. Quiero creer que no. De lo contrario, ¡qué ansiedad! ¿Por qué, entonces, con estas perspectivas se sigue pasando por el altar (o por el juzgado)?
Tengo pocos amigos casados. Y, de esos pocos, la mayoría ya se ha separado. Así que, le he echado morro al asunto y me he dedicado a interrogar a los conocidos sobre su porqué a la hora de ponerse un anillo en el anular. “Es la persona a la que quiero, de la que estoy enamorada y con la que decidí formalizar mis afectos frente a Dios y frente el mundo” es la respuesta que ha brillado por su ausencia. Curiosamente, nadie ha dicho ni “mu” sobre pasiones, lealtades, complicidades y afectos. He clasificado las respuestas recibidas en diferentes categorías. Una de ellas es la del aburrimiento existencial y en ella hay frases como: “Ya tocaba. Hacía mucho que éramos novios”. Otra es la de “donde va Vicente va la gente” e incluyo la explicación “todo el mundo lo hace y nosotros no vamos a ser menos”. También hay cobardes con complejos freudianos: “Sus padres ya empezaban a mirarnos mal”. Y los hay que van directos a un suicidio más que anunciado: “Nuestra convivencia era tediosa y decidimos darle un empujón casándonos y confeccionando la lista de bodas”. Viva el harakiri. Sorprendentemente, la clasificación más exitosa es la de la cofradía del puño cerrado porque la inmensa mayoría se ha casado por motivos económicos. “Si mi pareja se muere y no estamos casados, no tendré pensión”, “Si mi pareja se muere y no estamos casados, no podré quedarme con la casa”, “Si mi pareja se muere y no estamos casados, ¿qué pasará con la herencia de mis hijos?”. Sólo puedo pensar que tanto prever el fallecimiento de uno de los integrantes únicamente puede acabar provocando la muerte metafórica de esa unión de hecho. Así que, antes de que uno se vaya al Cielo, el matrimonio acabará yéndose al Infierno.
Dijo Fernando Savater en una entrevista que si el amor no era fou entonces no era ni fu ni fa. A mí me parece que, lo que es una locura es meterse en proyectos vitales tan importantes si no se está del todo seguro. Por mucho que, económicamente, nos vaya a salvar de una vida (y de una relación de pareja) que no es ni fu ni fa.